Sarita

Nadie le ganaba a Sarita, era la misma Wikipedia de los libros; amante hasta el hueso de García Márquez. Si le preguntara qué está haciendo, seguramente diría “leyendo”. Parece ser que Sarita salió del vientre de su madre agarrada de un libro.
Cuando conocí a Sarita, parecía una escuincla malcriada, recluida por sus padres adinerados en aquel paraíso psiquiátrico, supongo que la enfermedad te hace parecer un escuincle malcriado a la vista del mundo. Sarita tenía 24 años cuando apareció a mis 20, y de ella fue su interés (o su deber) el venirme a ver a la habitación. Ella es maestra de preescolar, pero su afición casi inalienable es la repostería (aunque nunca poseí el gusto de probar su vocación en forma de brownie).
Un día tumbados en la cama le pregunté a Sarita el porque andaba sola, solo me miró enmudecida por unos cuantos segundos y me dijo que “prefería estar sola que mal acompañada”. Con un aire casi paternal, cogí la guitarra y empecé a rasguear un Mi menor y le canté La Malagueña, quise que ella cantara conmigo, sus ojitos empezaron abrirse como para llorar, pero se contuvo, y en su boca empezó a rezar la canción. Sin embargo conforme el Si7 precedía al Mi menor para culminar el Huapango, sus ojos fueron enmarcados por su ceño con un odio desconcertante, y el uno sesenta y tantos de libros con brownies se abalanzó indómitamente al cuello.
Aquella vez Sarita me enseñó ha hablar en glíglico …”Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes…” Era la Maga enseñándole ha hablar glíglico a Horacio Oliveira, quizás por aquellos día yo era la Maga y ella Horacio Oliveira.
Fue por la Olanzapina y los 30 gramos de soledad que cargaba en mi cartera; que me terminé por enamorar de ella. Sabía que el oficio de aman – tesno es para vivirlo todos los días y sabía que yo no le hacía falta a Sarita, por mi cabeza se me ocurrieron mil ideas para aplazar la fecha de su vencimiento, pero ineludiblemente esto iba a terminar.
Ella me enseñó a querer a Sabines, por eso Autonecrología (VI) se convirtió en mi poema favorito. Me enseñó a ser polígamo con los libros, a tener más de un amor en sus páginas, tener uno para cuando viajaba en el autobús, otro para el taxi, quizás uno más para el desayuno así como uno también para después de la cena y para el que se ocupa antes de irse a dormir. Yo por mi parte le enseñe a bailar y a escuchar una amplia variedad de géneros musicales; argumentando que no hace falta ser un perito en eso para poder disfrutar de las notas y los armónicos, para ella la música era algo incongruente; pero verme sonreír cada que empezaba una canción agradable, se convenció que yo también tenía los mismos amantes que ella en los libros.
Me extrañaba que ella no escribiera sabiendo tantas cosas de los libros, a lo mejor esa no era su vocación. Ya me había contado que de niña había hecho una compilación de relatos familiares a la que llamó “Los Zapatos de mi tía Cuca“, pero robaron su laptop y perdió todo. Yo pienso que también perdió mucha de esa ilusión de escribir al ver que todo ese trabajo fue en vano; no me creas mucho, solo soy yo y mis puñetas mentales.
Cuando me gradué de aquella clínica (la de Fredy), me despedí de Sarita con un fuerte abrazo. Después de ese abrazo le obsequie a Sarita mi lapicero de puntillas favorito, el mismo con el que redactaba toda mi miserabilidad al mundo (pero esa es otra historia), ella lo tomó y me miró a los ojos, le sonreí y solo dije “para cuando quieras escribirle al mundo”. Así me despedí de Sarita.
No me sentía triste por esa despedida, ni ella tampoco; como he dicho, ambos sabíamos que ese día iba a llegar. Y ahí estábamos, ¡jodiendo a la vida! porque habíamos sido felices.
De repente me la encontraba en la calle 8 ó por la Avenida principal, cuando acudía a consulta una vez por semana. Solo nos saludábamos de mano y con un beso en la mejilla, nos mirábamos como si nunca el glíglico hubiera salido del 68. Pero después de que me mude de la ciudad y abandone el tratamiento deje de saber de ella.
Tal vez ande por ahí en una biblioteca, haciendo pasteles en su casa ó en algún curso psicopedagógico, quizás la contrataron para dar clases en la sierra ó en la costa, no lo sé, pero lo que sé, es que anda siempre leyendo.
Hoy viernes desperté hablando glíglico yo sólo, las mañanas son bochornosas en este lugar, lo que te obliga a dormir en ropa interior. Me desperté con esa sensación de haber vivido en un sueño. Prepare café, aún ese taciturno hábito lo conservó no importa que amanezca a 28 grados con la humedad al límite. Y en el último trago de él negro con dos de azúcar terminé por acordarme de Sarita.

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