Ibídem

No hay balas en el revólver, no hay tiros para matar. Solo tienes una carcasa vieja de metal cuyo único uso ahora es de pisapapeles en la oficina. Podrás poner el cañón a la altura de tu cabeza, jalar del gatillo y solo sonará un clickear suave. No hay balas en el revólver, no sirve ni siquiera para matarte.

Pruebas la mirilla, localizas tu objetivo y apuntas con decisión y mano firme, hundes el dedo en el gatillo, y por más que deslices ese dedo las balas no salen, porque no tiene balas el revólver.

¡Joder!, exclama Horacio, ¿para que rayos me sirve esta pistola sino se puede disparar con ella?, ¿para que carajos me sirve la vida si no puedo disparar con ella?

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