Ibídem

Te observaba dormir; tumbada en ese lugar, con tus piernas descansando sobre mis pies. Las lámparas de la calle iluminaban tu rostro cuando el auto rodaba cerca de ellas. Y en los espacios de obscuridad, era la luna quien lo hacía. Dormías como si tu alma hubiese sido liberada, dormías con tanta paz; ¡Carajo!, era perfecto.

Observaba las estrellas, la luna, la noche fría, a ti durmiendo.

Y solo podía preguntarme una cosa: “si esto podría convertirse en un vicio…”

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