Rondas

Ni te imaginarás que sales a relucir en nuestras conversaciones digestivas de las 9 pm, con todo el poder etílico que nos brindan las margaritas. Hablando banalidades, hablando como adultos entre mi paredro y yo (los adultos también somos idiotas). Yo me empeño en sacarte a relucir con mis palabras pedacito por pedacito, vas cobrando forma y vas fusionándote en mi memoria, así como el alcohol se va fusionando con mi sangre después de la tercera ronda.

Ni te imaginarás que sales a relucir en mis conversaciones con mi paredro, viendo las cosas más de cerca, sacando conclusiones, hablando de números, de edades, de argumentos a favor, de posibles situaciones en contra; rememorando aquel suceso de ese día que no recuerdo cuando fue, pero que tú si te has de acordar porque estabas ahí y también mi paredro, maldita sea, fue en Zacatecas, fue en Querétaro o la de México ahí también andabas pero no se te hizo y ahora vuelves con lo mismo ya te veré cuando llegue otra de no se donde y vas a mandarla a freír churros como las anteriores, joder, dos décadas y media ya me pesan, mejor has lo que quieras porque siempre haces lo que quieres.

Mi paredro y yo concordamos con Charles, ha este punto de casi dos décadas y media somos una serie de pequeñas victorias y grandes derrotas. Concordamos con un silencio explicito que hay entre las palabras y los sorbos que le pegamos a la copa. Nos reímos cínicamente de nuestra situación, ¿Qué más podemos hacer?, quien pensaría que un hijo prodigo y un huérfano se sentarían en la misma mesa a beber margaritas. Pero bebemos con satisfacción, bebemos con orgullo, bebemos en nombre de los muertos que esperamos volver a ver en los próximos años, bebemos porque es nuestro dinero y porque no sabemos si vamos a llegar a fin de mes, bebemos por la libertad y porque hay independencia, pero ha estas alturas ya no hay quinta, ni sexta, ni séptima ronda como antes; porque mañana es viernes y hay que trabajar, hay que pagar tarjetas y el alquiler. Nos pesa sentir que traicionamos los ideales millennials, que no escuchamos la voz que tenemos en el fondo del alma diciendo se libre, vuela a donde tengas que volar y que rápidamente asimilamos como funciona este mundo real.

Mas estamos orgullosos mi paredro y yo, de que ha estas alturas estamos sentados, hablando de banalidades, de cosas de adultos (idioteces de adultos), de planes, de proyectos, de recuerdos, en un estado incompleto de embriaguez solventado por nuestra propia plata; asombrados, como cualquier otro, de que hemos llegado hasta aquí, sin cometer ningún asesinato ni haber sido asesinados. Pero en el fondo los dos sabemos que estamos solos, como el gato negro que ha entrado por la puerta abierta de mi apartamento, y que estamos ahí, compartiendo algunos grados etílicos de la misma botella, pero bebiéndonos a solas otra vez el alma a pesar de todo el sufrimiento pretérito. Y yo, empeñándome a seguir sacándote pedacito a pedacito con mis palabras, y, sin embargo, sabiendo que ni te imaginarás que sales a relucir en mis conversaciones.

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