Para Becky:

Para Becky:

La belleza de las metáfora es que el lector no sabe a ciencia cierta a qué se está refiriendo el texto. Necesitaría conocer el contexto del escritor para poder siquiera imaginarse cuáles son los elementos que están sutilmente ocultos bajo una frase o palabra.

Las metáforas cobran formas artísticas (nótese que ya estamos metiendo al arte en estos asuntos) cuando se emplean con total premeditación.

Todos utilizamos las metáforas, quizás de manera inconsciente, pero lo que raya en la genialidad, es cuando el sujeto deja de utilizar las metáforas y estas pasan a formar parte intrínsecamente de su subjetividad; llegando incluso a una metamorfosis en donde el propio sujeto se convierte en una metáfora viviente, se convierte en ironía.

Las metáforas son peligrosas, advierte Kundera, el amor puede venir de una sola metáfora.

Para las metáforas:

Vivía atrapado en una cajita pequeña, estaba atrapado junto con unas cartas viejas, fotografías antiguas y uno que otro subvenir. La última vez que hablamos, me sentenciaste a vivir encerrado en tu cajita de recuerdos, a lado de las cartas que te escribí, a lado de los poemas que envíe. Me preocupaba pensar cuanto tiempo estaría encerrado en ese sitio, era preferible morir a estar encerrado de por vida, necesitaba que tú me mataras para poder salir de la caja. Pero también me afligía saber que tendrías que matar una parte de tus memorias para hacerlo. Siempre tendemos a recordar lo mejor del pasado, y siempre tendemos a maximizarlo. Creo que era lo último que podía hacer para complacerte, así que decidí aceptar la sentencia; ¿Qué otra opción se tiene cuando ambos se rompen el corazón?

Yo también te encierro, de vez en cuando, a la hora que escribo, mi caja está hecha de tinta y de papel; pero vuelvo a matarte cuando coloco el punto final, y después vuelvo a resucitarte cuando empiezo a escribir la primera frase. Sin embargo tenía tiempo, mucho tiempo que no lo hacía, tenía días que no te volvía a levantar de los muertos para encerrarte en mi caja.

Pero hoy lo hice.

Hoy lo hice para darte gracias: gracias por sacarme de tu cajita, por liberarme, por ya no estar. Te tendrá que ir bien en esta vida, tarde o temprano, aunque hagas las cosas mal. Nunca se olvida lo bueno que uno aprende, eso no lo puedes sacar de tu cajita, no lo puedes quemar. Siempre va ha estar ahí recordándote que tienes un sitio a donde regresar, y cuando lo hagas, viajaré dos mil kilómetros para darte la bienvenida, y tal vez, podamos ser amigos.

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