This is Sara

Quizás los recuerdos se vuelven ficciones después de muchos días.
Debo confesar que escribí muchas ficciones de ti; pero también escribí cosas que eran muy ciertas. Probablemente el hecho de que nacieras con un libro entre los brazos sea cierto, oh Sara, tal vez fue por García Márquez que empezamos a platicar aquella tarde; debo confesarte que yo estaba muy filisteo con eso de la literatura, no había leído Rayuela, los poemas de Bukowski ni uno que otro librito que lee la gente para empezar a debatir sobre filosofía con sus paredros. Pero me valió leer un par de libros del Gabo para que yo te cayera bien Sara. Es que me parecían entretenidas las historias de Macondo, todas esas tramas que unían a la gente y además no tenía amigos en esa ciudad como para que me sacaran de la biblioteca por las tardes. Pero yo no era como tú, Sara, tú si lees bastante. No recuerdo bien como estuvo el asunto ese, pero estabas en mi habitación, no entiendo como te volviste de paciente a cuidador de locos, ya bañada y arreglada no parecías ser un paciente más de la casita de Fredi. Así, ya te mirabas como maestra, y vaya que tu vocabulario te delataba, me resultaba familiar la jerga que desprenden los maestros. Sara, Sara, Sarita… No entiendo como es que de tus labios se desprendian tantas maldiciones. Esos mismos labios que quede con ganas de comerlos y recitar todo el capítulo 68 de Rayuela, hubieramos hecho literatura ese día. Pero yo tenía el alma buena, hacia una que otra maldad, pero mis ojos eran buenos. Oh Sara, no se que le ponen a uno en esos lugares, no se si fue por la Olanzapina o la soledad pero me estaba enamorando de ti. Cuando estabas en mi cama, sentadita con la espalda recargada a la pared… créeme que después de soltar el último acorde me hubiera gustado haber tirado la guitarra al piso y sujetar con mis manos tu rostro y besar cada centímetro de tus páginas en blanco. Pero te digo que mi alma era buena. Solo pude cantarte la Malagueña y decir “que eres linda y hechicera como el cantar de las rosas”
Cuando me despedí de ti, te regale mi lapicero de puntillas favorito, yo en aquel tiempo solo escribía en mi diario, en aquel tiempo yo maldecía a la gente en tinta y papel. Nunca imaginé dedicarme a estas cosas para despejar la necedad. Desde ese días ya no te he vuelto a ver, no se en donde andarás Sarita, no sé si regresaste a dar clases o andes por ahí haciéndote un postre, pero lo que sí sé, es que siempre andas leyendo. Y yo aquí nada más escribiendo ficciones, y maldiciendo a la gente con una caguama en la mano. Esperando a que me lleguen los hábitos para poder retirarme de la literatura.

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