Espejo

Veo los ojos… 

Oscuros, cafés, sucios, entramados con pequeñas venas que forman lineas inconclusas.

El ojo izquierdo, ligeramente hundido. 

Cejas grandes y negras. 

Veo la nariz… sus labios agrietados, dientes medio amarillentos. Esa expresión yo la conozco, la he visto antes. 

El color de la piel nos delata. 

Lampiño, sin rastro de barba. Bendita genética ¿cuánto dinero ahorramos en rastrillos?

Frente pequeña, cerrada por el cabello. Es la misma mente, pero no pensamos lo mismo. 

La misma mirada, pero vemos cosas diferentes. 

Estas son sus manos, pero no las puede utilizar. Sus dedos, las uñas uniformes, yo las sigo mordiendo en vez de usar un corta uñas; él no, uñas cortadas a simetría.

Ya no como golosinas, dulces. Me convertí en aquello que temía ser. Siempre le ofrecía de mis paletas, nunca las aceptaba. Empecé a creer que los adultos pierden el placer de comer golosinas, ¡qué chocante! Yo no quería ser adulto para seguir comiendo paletas.  

Miro el espejo y reconozco ese rostro, pero no es el mío. Yo soy lo que está adentro del cascarón, detrás de las globos oculares. 

Me pregunto cuanto tiempo tiene que pasar para ese rostro sea mío también. Me pregunto cuanto tiempo tiene que pasar para que me convierta en cada centímetro de él.

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