Vergüenza

Por un instante creí que era como esa masa peluda que ladra. Estiré mi pie para dar con su cabeza, al entrar en contacto piel a piel, el tipo empezó a agitar la cola desesperadamente y dejó caer toda su dignidad al piso. Mientras más frotaba mi pie sobre su cabeza, más contento se ponía. Podría estar así toda la mañana, debió de haber pensado. Entonces mi cola empezó a agitarse con desesperación, su mano dio con la mía, en algún pensamiento debíl que me halla surgido por la noche. Me dio vergüenza saber que yo era esa masa peluda. Tan desesperado por tener afecto, rogando a que su pie acariciara mi cabeza, entonces yo movería la cola tan contento. Dejaría caer toda mi dignidad al suelo y podría vivir así toda la vida. Pobre masa peluda, él no sabe que no es afecto lo que le estoy dando con mi pie. Es un acto de condescendencia. Le hago el favor de acariciarle la cabeza porque me agrada verlo mover la cola. No hay transcendencia en mi, solo lo hago porque estoy de humor. Solo un acto de su condescendencia me bastó para poder construir toda una epifanía. Qué vergüenza. ¿tan desesperado de afecto?, ¿tan necio para no darme cuenta que siempre he sido así? Una idea tan vendida y tan barata. Buscando por la vida quien quiera acariciar nuestra cabeza con su pie. Entonces todos moveriamos la cola con tanta felicidad.

Hasta que me aburrí de la masa peluda y le propiné una patada por las costillas para que se largara y me dejara en paz.

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