Después de todo, no estás tan loca, solo eres mujer…

Pero permíteme presentarme, es una falta de respeto enunciar esta frase sin ni siquiera haber mencionado mi nombre.

¿Qué tal?, mucho gusto.

Pensándolo bien, quizás mi nombre no tenga relevancia después de todo, pero llámame hombre.

El filisteo que deja sucio el lavabo, el que deja la tapa levantada del sanitario y tiene la ropa sucia en el suelo. El mismo que no sabe porque te pones triste cada veintiocho días, ni comprende porque adoras una taza de chocolate caliente.

Poco se imagina la razón de porqué ahorita estás contenta y probablemente dentro de un par de horas andes con el demonio por fuera. Puede fácilmente confundirse con locura, lo sé, pero no es locura.

¡Mírate!, como devoras películas y libros estilo Jane Austen, pero también eres sádica y gozas del suspenso. ¿Qué de raro tiene? ¿A caso Dios no las hizo así?

Andando por la vida buscando serotonina en un par de zapatos, bolsos o cualquier otra objeto que contribuya a la vanidad. Y no te estoy juzgando, cada quién tiene sus métodos.

Pero, ¿por qué lo haces?, ¿para sentirte más bonita?, ¿qué?, ¿acaso no lo vez?, entonces ¿por qué te odias a veces frente al espejo?, ¿quién te ha dicho algo? Mira, son unos idiotas los que llevan a cuestionarte tu reflejo.

No imagino como fueron los primeros días después de tu llegada. Tal vez Adán andaba jugando con un león junto a la orilla del Hidequel, tú, despistada y aturdida llegas, y la escena que contemplas te divierte; Adán sometido bajo las cuatro patas de un felino. Por el instito, el león percibe tu presencia, fija la vista hacía a ti, ruge y se prepara para el ataque. Adán interviene, un poco adolorido de su costado derecho, pero interviene.

Pasmado, contempla como te escondes detrás de un árbol para protegerte ante un posible ataque felino. Cabellos largos, como cascadas cubren tu espalda. Tímidamente sacas el rostro para confirmar si el peligro aún subsiste, pero no, el león se ha ido. No obstante, el otro ser se dirige hacía ti, anonadado infinitamente observa cada detalle, nunca antes se había topado ante un cuadro de tanta belleza. Tú, sigues aferrada al tronco del árbol como asegurando una especie de protección infalible. El hombre llega caminando lentamente y se posa frente a ti, con los ojos abiertos y el entrecejo fruncido alarga su mano a tu mejilla. Es un tipo listo, entiende de donde has salido. Por eso le duele el costado de su lado derecho. Sus manos ásperas acarician una piel suave y tersa. Fina como el mármol, limpia como un cristal. Entonces suspira y proclama el primer poema de la historia humana: “huesos de mis huesos, y carne de mi carne”.

Tú no lo entiendes, pero ahí, en ese momento las palabras cobran otro sentido. Las palabras se vuelven bonitas y precisas. Desatas una sinapsis en alguna parte del cerebro del hombre y lo conviertes en poeta, ¿no te das cuenta qué por ti existe la poesía?

Los días pasan y la necesidad de estar siempre juntos crece. El hombre ha dejado de jugar con los animales, ha dejado de ir a explorar el jardín porque quiere estar contigo. Antes, Adán dormía a campo abierto, ahora lo hace en las hamacas que tejes. Eres buena con eso.

¿Quién iba a pensar qué había tanta creatividad y delicadeza en una costilla del hombre?

Cortas flores, Adán nunca se le había ocurrido cortar flores para tenerlas cautivas dentro de un canasto, él solo las topaba todos los días a orilla del río, pero ¿cortarlas?, eso sí es raro.

Sin embargo, una tarde, al observar una puesta de sol contigo, sintió la necesidad de cortar flores. Pero porque ya había visto que se pueden cortar las flores. Sentados en la loma, contemplaban como el sol caía bañando todas las cosas con un tono anaranjado. El hombre estaba feliz por la compañía, por la escena que miraba y por tener la oportunidad de compartirla. Ella estaba a su derecha, y Adán extendía su brazo para abrazar su espalda. Entonces la mujer posó su cabeza en su pecho y se deslizó hasta tener de almohada sus piernas. Con la mirada traviesa ella miraba a Adán, y él a Eva. En un impulso de sangre a la cabeza, Adán cortó sin darse cuenta una de las flores que tenía a su lado izquierdo. La cortó y la colocó en la oreja derecha de la mujer.

¡Carajo!, entonces el hombre tuvo la culpa. La culpa de adornar a la mujer cuando no era necesario, pero lo hizo, inconscientemente lo hizo. Al sentir este acto en su oreja, Eva se preguntó como se vería. Por eso al día siguiente ella repitió el mismo procedimiento y fue a mirarse en el reflejo del agua. Quedó tan cautivada y el resto de la historia es como ya la conocemos. Empezaron con flores y ahora no sé cuantos kilos de polvo para el rostro existen.

¿Lo ves?, no estás loca. Nadie está loco, solo eres mujer y yo, un pedazo de filisteo que medio escribe.

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