El librito de los filisteos*

*Nota: La siguiente historia no tuvo la intención de ser, sin embargo, para justificar las letras sacrificadas se ordenó los capítulos aleatoriamente.

1. Frank, de las mujeres y los recuerdos

<<Mira Frank. Yo no puedo llorar por mujeres, no lo concibo aquí (golpea su cabeza con el puño). Puedo escribirles poemas y una que otra línea de reflexión, pero no puedo derramar llanto por ellas. Es una cuestión de creencias (y da un sorbo directo a la botella). Pienso que cada persona aporta un conocimiento y lo vas agregando a tu estante de experiencias, sean buenas o agrias, se va agregando a la biblioteca. Y digo agrio, porque no puedo utilizar esa otra palabra… amargo. No, yo no creo que sean amargas las experiencias. Quizás en un principio se sientan amargas, quizás sea por la magnitud de la tragedia y de la resiliencia de cada persona. Pero a mí, las cosas me resultan agrias al final de los días. Es como un vino (mira la botella), lo encierran en barriles para que se vaya añejando. Así embarrilo mis tragedias, para después tomar un poco de ese vino dulce o agrio… Ahora que lo pienso, también me voy dando cuenta que hago lo mismo con mis triunfos, los encierro y los dejo reposar. Yo no sé si se volverán dulces o agrios, porque un tinto difícilmente puede saber amargo. El tiempo los fermenta, los agria o los hace agridulces. Y luego pasa eso que dicen las gentes, ¿cómo dicen Frank?, ¿tiempo?, merde alors, no, no, me lía ese asunto como sabrás. Pero si hay un proceso de fermentación con los días, con los meses y con los años, ¿así hablan esos filisteos verdad?, ¡carajo!, sí, sí, carajo, ahora soy uno de esos bastardos filisteos que se tragan enterito las definiciones. Lo que la gente no sabe, es que el tiempo se puede estirar y encoger. Por ejemplo, puedo pasarme horas y horas, como dice la gente, escribiendo y escribiendo, o tocando la lira; pero yo siento que solo ha sido una fracción pequeña de la vida. Un suspiro de Dios. He escrito textos que cuando veo el reloj, han pasado dos horas y cuando los leo ni cinco minutos tardo. Ahí, en esos momentos, no hay relojes, no hay noción de segundos y de minutos, es cuestión de placer. Y, ¿cómo se puede medir el placer Frank?, ¿cómo carajos lo mides?, ¿con tiempo?, ¡vaya idiotez!, no, no. Esa maña de andar midiendo todo lo que no es medible, todo lo abstracto, lo que no se puede tocar y que está más allá de lo físico, ¿qué decimos?, ¿metafísico?, eso suena congruente. Lo propuso un tal Julio, me parece. Es bueno el sujeto, es muy bueno para ser honestos. Él tiene Cronopios, yo tengo Metáforas; él tiene al jazz, Charlie Parker, yo tengo la mano izquierda de James Patrick Page, y todos su riffs y solos. Pero es ilícito comparar a Charlie Parker con Page, cada quien a su santo. No podemos mezclar dos sustancias heterogéneas, te digo que sería delito hacerlo. Y también siento que sería delito llorar por aquellos, incluidas las mujeres, que nos dejaron un sabor en la boca, un buen tinto para tomar todos los viernes después de las siete p.m., ¡oh sí!, de lo contrario tampoco podría escribir, escribirme, porque yo me escribo a mí mismo. No hay necesidad de publicar, y ya sé lo que me vas a decir, que también eso es muy bueno, que ayudaría a mucha gente. Pero lo cierto es que me vale un pepino que la gente lea de lo que escribo. Está bien que a ti te guste y lo quieras pregonar, pero no estoy muy interesado en esa carrera. Creo que ya se escribió todo lo que se tenía que escribir y ya se publicó todo lo que se tenía que publicar. La gente debería leer lo que ya se escribió, no esas novelitas baratas de amor y de orgullo o prejuicio, y no estoy desmeritando a Jane, no, no, Dios me salve de tan semejante acto. Digo de toda esa gente que copia el concepto de Jane y lo vende como algo fresco y novedoso, agregándole más artimañas y más escenarios post apocalípticos. Y aún yo Frank, no he leído a Jane. Pero a Julio si, y un buen. Y estoy tratando de ocultar mi idolatría hacía… pero hay dignidad y orgullo de por medio. Un ego inconsciente que todos los que toman las plumas y el papel para matar a las cosas tenemos. Y no se puede ir por la vida haciendo religiones de gente que ya murió y que solo escribió uno que otro pedacito en blanco con letras>>

2. Los peces

Ideas que le van o le vienen pero regresan de nuevo otro día, como si de una pecera se tratara. Así yo creo que es su cabeza, hay un montón de peces y de repente aparece en el centro un pez rojo y anda jugando por el lado de la pecera que la gente ve, y después se aburre y se mete o se va a ocultar al otro extremo; pasan los minutos y sale ahora un pez plateado y vuelve a nadar en el mismo lado que observa la gente, pero en eso, de nuevo regresa el pez rojo y convive con el plateado. Así son sus ideas, sus pensamientos. Hay días en las que no tiene ningún pez a la vista, entonces reposa a un estado neutro de insensibilidad. Por eso anda como vagabundo por las calles, bebiendo y bebiendo vino, o durmiendo en los parques todo orinado como borracho profesional. Creemos que son momentos donde le sobreviene la tristeza o la angustia, pero no lo externa, solo se refugia en los brazos tiernos del alcohol; hasta que se cansa y vuelve a recuperar los hábitos.

Después de estos días angustiosos, vuelve a escribir y a tocar la guitarra. Tocando con una soberbia y claridad, se gana su botella de vino. Pero no toca para nadie de los que estamos ahí, toca para él mismo, como si se erigiera un cápsula alrededor de él y no pudiera vernos. Se absorbe en su mundo. Después reconsidera las cosas y es condescendiente, enfila su guitarra hacia el público y toca para que podamos cantar las canciones que todo el mundo sabe.

Quedo admirado por la dualidad, por poder ser tan ajeno y al mismo tiempo estar tan presente con las demás personas. De estar consciente de su presencia hasta de despreciar su compañía.

3. Frank, quiero escribir un libro

Siempre me dice: <<Frank, tengo ganas de escribir un libro. Pero no uno de esos que la gente aburrida lee. No, no Frank, la gente es estúpida porque siempre lee los mismos libros. Porque saben que van a encontrar un principio y un final. Pero a veces el final está al principio y el principio está al final. La gente no sospecha que son conducidas por la misma mano del autor, a su merced y voluntad. Por eso, yo no puedo leer esos libros, son para gente aburrida. No puedo Frank, de verdad que no puedo. Luego están esos otros con la misma jodedera en las páginas. No se puede así Frank. De verdad que no entiendo a todos esos changos que han aprendido a leer tales infamias>>

Como puede percibir el lector, ha encontrado el pequeño problema que tendremos por delante. Si usted no pudo notarlo, le sugerimos que cierre estas páginas y vaya a perder su tiempo en otras idioteces.

El pobre usa toda la dialéctica para definir las cosas, sus cosas. A veces solo le basta toparse con las bolsas de basura en la calle, un borracho orinando o un perro cruzando la avenida para sacar toda su maquinaria lingüística. Pudiéramos creer que él se pierde en tanta palabrería y media que dice, pero en realidad no, todo tiene relación en su mundo, con sus leyes. Nosotros somos quienes nos perdemos, nuestro mundo no encaja con el de él. Pero hay días en los que puede hacerse tan prosaico como ese borracho orinando las bolsas de basura en la calle, que se limita a usar solo las palabras necesarias para expresar sus necesidades básicas, y todo lo demás, lo enmudece.

4. Las metáforas

Y es cierto, el tipo está mancomunado con las metáforas. Puede encontrarlas hasta en el más microscópico detalle, las ve hasta cuando duerme. Incluso en lo que no se puede ver, en la música o en el aire. Las metáforas, nos invaden en todo aspecto de la vida; podemos creer que en tal o cual lugar no existan, y de repente aparecen por arte de la invocación. Él se dedica a buscarlas a cada paso que camina a cada segundo que respira. No es de extrañar que cuando encuentra un admirable ejemplar, se queda pasmado toda la tarde o toda una mañana completa, entonces saca su red o lo que sea que use para atraparlas y se abalanza tras ellas. Las encuentra de diferentes formas y colores, texturas y sabores; sabrá Dios con que lía ese sujeto en su mente, o si se las comerá, porque anda repite y repite su más reciente adquisición. Queda tan fascinado como un infante con juguete nuevo, la saca y juega con ella, la lava, la seca y la viste. La lleva de allá para acá y anda presumiéndola a todo el mundo. Vive con ella, comen juntos; y todo parece tan feliz hasta que decide matarla. Saca su afilado lápiz e inicia el proceso de degollación o empalamiento. El sujeto está enfermo, la desmiembra y la vuelve a armar a su antojo. Coloca las piezas como si de un rompecabezas surrealista se tratara, y he ahí, una obra de arte suya terminada.

Ahora, después de terminar todo este proceso, que a veces pueden ser días o simplemente horas, vuelve a su campo de batalla para poder recolectar otra metáfora.

5. El Cura

En una tarde de alcoholes, mi amigo el Cura notó mi reflexión profunda.

– ¡Eh compa!, ¿por qué tan serio? – preguntó.

Entonces tuve que decir lo que había pasado. Al final de la historia, el Cura bebió toda su lata, se limpió la humedad de la boca y se limitó a tomar una postura indiferente diciendo:

<<Man, deja de pensar esas cosas. Solo te estas jodiendo la mente; de por si estás loco y luego te mentes esas ideas en la chompa para seguirte perjudicando la mente. Además dices que es un vagabundo, ¿Cuánta mota crees que se ha metido para sacar esas conclusiones?, ahora falta también que te vuelvas bien pacheco para que empieces a filosofar. Son tonterías hermano, déjalo por la paz>>

Luego habló de un sujeto que vino a su bar, tomó la guitarra del fondo y empezó a tocar como los dioses del olimpo. Tanto fue la impresión del Cura que le ofreció un botella de vino a cambio de qué tocara en su establecimiento los viernes por la noche.

– No fue difícil convencerlo, después de mostrarle a estas muchachas de vidrio – dijo señalando las botellas de la vitrina.

El Cura hizo bien en darme ese consejo, lo dejé por la paz y volví a mis asuntos. Y a lo mejor también se estén preguntando en su pequeña psique porqué el Cura. Pues bien, por la misma razón que todos los personajes de este relato: porqué yo quiero.

6. La filosofía del pisto

El jueves por la tarde todos estábamos en el bar del Cura. Él tenía la guitarra en sus brazos, nosotros hablando y él empecinado con la lira. Nos pareció escucharle tocar una versión de The lemon song, repetía un bucle sin que nosotros nos diéramos cuenta que eran las mismas pisadas por donde iba y por donde regresaba. De tal manera que parecía un camino infinito, como si nos metiera en la ruedecilla de un hámster corriendo sin final.

Teníamos una discusión interesante, de esas que antecede al desastre; un debate sobre cuanta ingesta de alcohol podría aguantar el cuerpo humano, la Culebra elevaba mucho la línea del límite, basado en su experiencia. Yo por mi parte, rememoraba las pocas veces que mi organismo vivió esas condiciones extremas, y argumenté el límite estándar. El Cura comparaba el dilema con sus vivencias que ocurrían en su barra, todos los clientes que llegaban con penas, ingerían más grados etílicos que el resto de la población hebrea. Se llegó al consenso que mientras más grande fuera la desgracia, esta sería proporcional al consumo de alcohol.

Luego determinamos que la mejor forma de desahogar la tristeza es ahogándola en cheves. Fue muy curioso el juego de palabras que se formó a la posteridad de la conclusión, “desahogar ahogando”, ¡Qué ironía!, pero así es la vida del hombre, pura ironía de pies a cabeza. Es más fácil tomar tragos amargos para sacar llanto salado, que dejar al cuerpo totalmente solo exponiéndolo al dolor sin paliativos. El hombre es muy cobarde por no hacer esa afrenta en su juicio, necesita del pisto para sensibilizar su alma y doblegarse ante la tragedia.

Caímos a la cuenta que nunca lo habíamos visto triste. Lo habíamos visto ebrio, pero nunca triste; pero sabíamos que estaba triste porque la guitarra nos decía que estaba triste. Cuándo tocaba más lento, más suave. Un blues o un jazz, en tonos melancólicos. Sin embargo, la guitarra hablaba por él, caía en el abismamiento, más de lo normal y enmudecía hasta que se hartaba de tocar y dejaba la guitarra en el piso. Pero sin decir nada. Absoluto silencio.

Creemos que son mujeres (malditas mujeres). Nunca dijo nombres, pero si hablaba de algunas. Tenía un sabor diferente su voz cuando se refería a cada una de ellas. Esto lo descubrimos con el tiempo, con las reuniones del club del pisto y las sesiones acústicas de su guitarra. Pero solo eran suposiciones, la razón seguía siendo un verdadero enigma. Sin embargo, habían argumentos suficientes para suponer que era por mujeres, <<¿qué otra cosa podría ser?>>, razonaba la Culebra, y posiblemente tendría alguna razón el tipo.

7. Aquella tarde en el jardín

No sabemos cuál es su origen, ni cómo llegó a este pueblo. Tampoco nos podemos imaginar que hace aquí y cuanto más estará por estos lugares. No hay tiempo, no hay espacio en su mente.

Yo lo conocí una tarde de verano, de camino a casa después del trabajo, lo tope en el jardín principal. Me impresionó su aspecto. Parecía un vagabundo: desalineado, sucio y barba larga; con su botella de aguardiente a un lado, estaba sentado en una de esas banquitas que hay en el jardín, sin embargo, por la posición de sus dedos, figuraba estar escribiendo sobre un trozo de papel arrancado de un cuaderno. Cuando ves a alguien en tal condición, generalmente se puede tener la creencia de que por sus manos pasan solamente las botellas de vino, no un lápiz ni papel.

La naturaleza curiosa que me embarga, hizo acercarme a contemplar tal escena. Me senté en el otro extremo de la banca. Él no notó mi presencia, estaba absorto escribiendo en su trocillo de papel, garabateando y garabateando palabras. Por su caligrafía no pude distinguir el contenido de ese texto. Pasaron quince minutos desde mi llegada y solo después de terminar de escribir reconoció mi existencia en esa banca. Mirándome pasmado, sonrió y arqueó las cejas.

Acto seguido vio su papel todo rayoneado, soltó una larga carcajada. Después tomó aire y preguntó – ¿qué ves pedazo de filisteo? – enmudecí por su pregunta. Él volvió a reír, y agregó – Escucha, y dime qué te parece:

8. Amistad

Así es como esta historia se fue dando. Pronto estaba en mi círculo; y me sorprendí que él, era el mismo que se alquiló por una botella de vino los viernes por la noche en el bar del Cura. Y si estamos hablando ya del Cura, es menesteroso hablar de su hermano menor, la Culebra.

Los cuatro empezamos a pistear de vez en cuando y con mayor frecuencia al pasar la amistad y los días. Nuestro amor por el alcohol y el blues fue uniéndonos en una relación solemne cada fin de semana. No nos preocupábamos por el vital líquido, ya que siempre las últimas rondas eran patrocinadas por el dueño del bar, hasta quedar en el borde de la inconsciencia.

Lo gracioso es que él siempre saca sus cosas profundas cuando el vino estaba a punto de salírsele por los poros. Empieza con la disertación, cuando el Cura ya está dormitando en la barra y la Culebra vomitando en el baño. Tomándome del brazo me dice:

9. El escritor

Uno piensa que es inverosímil que el tipo pueda tener estos pensamientos. La creatividad y la ociosidad para hacerlo. Pero lo que realmente cala es la maldita dualidad, ¿cómo puede ser tan minucioso para decir las cosas cuando escribe, si cuando habla es un verdadero filisteo?, esa es la cuestión.

El Cura pierde los estribos cuando él lo exhibe en sus relatos <<¿qué necesidad hay que nos delates en tus cosas esas?>> pero siguiendo fiel a su filosofía, le otorga el mismo grado de atención al asunto tal como lo hace un perro rascándose con el hocico su parte inferior del sexo. Y no es que lo exhiba directamente, no, nada de eso. La realidad es que se plasman las experiencias, anécdotas que compartimos con el escritor. De modo que es fácil identificar esas historias compartidas. Las personas se convierten en fieras al ser expuestas en su intimidad, pero lo incongruente es que nadie tiene intimidad. Todos somos observados por esos o ese Gran Hermano, lo que hacemos, lo que comemos y lo que decimos. No obstante, la verdad que pesa no es la exposición de la intimidad, sino la perdida de la singularidad. Y esto porque cuando nuestras manías o hábitos salen a la luz, terceros pueden identificarse con ellos, descubriendo nefastamente que no somos seres singulares, dado que lo íntimo está compuesto por las acciones del colectivo común.

Así cuando uno cree que tiene la singularidad de andar en calzoncillos los domingos por la mañana, nos encontramos que el vecino de a dos cuadras hace lo mismo. O si tenemos el hábito de tomar el café sin leche, sentimos la superioridad moral por encima del resto, mas esta superioridad se derrumba cuando sale a colación que el promedio común hace lo mismo.

Por eso el enojo del Cura, por eso el conflicto. Debo agregar además que yo publico lo que escribe. Siendo para él irrelevante, importándole poco si alguien los lee o los condena. Y sin embargo, la aceptación es sobresaliente.

10. Frank y el período refractario

<<Frank, cuando estamos con esos pedazos de gente (señalando al individuo de la barra), se detiene y se recorre el tiempo. También lo notas ¿verdad?, es como estar allá y también aquí. Mira… antes de llegar a la pérdida de consciencia, hay un lapso que se vuelve pleno (y levanta la botella con su mano)… ¿cómo te lo puedo explicar?… Haber, haber… Como el periodo refractario… Sí Frank…. Como esa onda… pero uno que se da antes del clímax, entonces lo llamaríamos periodo ante refractario, tú sabes a lo que me refiero…. Mira, por ejemplo, pasa lo mismo con el café de las mañanas, el primer sorbo y el contacto con las papilas gustativas, ahí se siente también; o como estar escuchando el solo de Jimmy Page en The Ocean, pero el primero, no el segundo con el que termina la canción, es el primero porque forma parte de… está impregnado al riff, y el segundo marca otro tempo, más acelerado y se pierde la congruencia, me refiero a congruencia con el ritmo, con la melodía, pero aun así es genial . Tú me captas Frank… yo sé que tú si puedes comprender, no como el Cura, ese vato que solo está absorto en sus negocios y en sus dominios, o la Culebra que solo piensa en pisto y pisto. Pero ellos no se detienen ni se recorren cuando entramos en ese periodo ante refractario, más yo creo que tú si Frank… Tú sí… Y aunque te digo filisteo, yo sé muy bien que no estás tan filisteo, te cultivas tantito, y eso es bueno, porque este mundo está lleno de gente como el Cura y como la Culebra…>>

11. Otra vez de aquella tarde en el jardín

Y mientras leía estas cosas, con su mano hacía las señas correspondientes para darle vida al relato. Así que, cuando dijo de un revolver a la altura de la cabeza, con su mano derecha formaba la seña de una pistola para dispararse en la sien.

– ¿Qué opinas viejo? – preguntó.

– ¿Quién es Horacio? –

– Eso no importa mucho, solo quiero saber tu opinión –

– ¿te tardaste más de un cuarto de hora solo para escribir esas líneas? –

– ¿más de un cuarto de hora? –

– Sí –

– ¿Cómo lo sabes? –

– tengo casi un cuarto de hora aquí y supongo que ya llevabas tiempo escribiendo eso –

– ¿tiempo? – preguntó – ¿qué es el tiempo? –

Con una mirada extrañada, quedé mudo por no saber qué contestar. Sus ojos negros penetraban mi cabeza para intentar sacarme una respuesta. Terminé por contestar un “no lo sé”, entonces me dijo:

– ¿lo ves?, ¿entonces de qué te preocupas?, da igual si son quince o treinta o quinientos minutos –

Seguimos charlando por varias horas hasta que cayó la noche y nos fuimos de ese lugar.

Creemos en las casualidades, en las coincidencias y pensé que esta situación sería una anécdota más que contar en las charlas del trabajo o con mi señora después de la cena, e indudablemente también con los del bar del Cura.

En los días siguientes, me sentía liado por sus palabras. No podía sacarme de la cabeza sus frases, sus argumentos. Mi inconformidad creció por el concepto que le damos al tiempo, y por la manera en que lo medimos.

12. Tom

Si lo conocieran tan bien como yo, se darían cuenta de que es un sujeto medio desabrido, distraído, con tanta genialidad en la suela de sus zapatos. Ordinario, pero no demasiado ordinario; porque lo ordinario siempre acaba en demencia o con una bala a la altura de los ojos. Pero él puede ser tan sofisticado como tan bruto e impertinente, dependiendo la ocasión. Un ejemplar único que solo el más digno zoológico podría tenerlo, y me estoy refiriendo a la vida como ese zoológico que puede darse el lujo de poseerlo.

Si alguna vez pudiera yo tener la encomienda de escribir su historia, sería un libro de pocas letras. Porque su naturaleza así lo amerita. El tiempo no es un concepto muy bien definido para él. Por eso, su vida no la rigen las reglas de los hombres. Él hace sus propias leyes físicas, él traza el pueblo a su antojo y camina por donde quiera colocar la planta de su pie, escribe lo que no se puede escribir.

No sé si este tipo tenga algún nombre. Solo lo conocemos como Tom, pero no estamos seguros si ese sea su verdadero nombre. Le decimos Tom, porqué así firma todo lo que hace. Y ¿qué cosas hace?, de eso tampoco estamos seguros.

13. Finalmente

Frank:

La idea surgió del cansancio por insistir que lo hiciera él mismo, pero como nunca llegó tal iniciativa, me vi en la obligada necesidad de tomar cartas en el asunto. Pronto, no solo lo identificaban como el vagabundo que toca la guitarra los viernes, sino también como el vagabundo que toca la guitarra y que escribe. Pero, ¿cómo diablos se llama lo que escribe?

Tom:

Charlie Parker murió después de una severa carcajada. Las personas pachecas, son tan felices que mueren siendo felices. Y es porque Charlie Parker se metía María hasta por la consciencia. Así quiero morir yo Frank. Y me estoy metiendo aquí, porque ya hablaste mucho de mí. No sé quién te ha dado mi consentimiento, pero bueno, siempre haces lo que quieres. Y tomas mis palabras y las mezclas con la vida. No te entiendo.

Pero permítanme presentarme, ya sé que se ha hablado mucho de mí.

A donde yo veo, tienen dos opciones: una, creer lo que se ha dicho o dos, dejarme contar mi versión. Pero no voy a obligar a nadie para que siga o se detenga. Este es su problema y no el mío.

Sí, es cierto. Me atoro mucho con las palabras cuando hablo, también cuando escribo. Quizás también me atore mucho cuando vivo.

Sin embargo, la ventaja de escribir es saber cuándo debes de poner el punto final.

Y aquí está mi punto final.

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