Buenas mujeres

Jueves 7 de mayo. La mañana amaneció fría y pasiva. Levantarse de la cama a esta edad es difícil, ya no hay noches que alcancen a descansar este cuerpo viejo y oxidado. Todo se fue, no hay manera de regresar a los días anteriores. Aquellos donde el mundo parecía sencillo y que empezaba a conquistar desde las 5 am. Hoy, no puedo caminar hacia el sanitario sin hacer un esfuerzo notable.

Esta casa pronto quedará libre para que un par de sujetos con buenas intenciones formen su “familia”, ¡Qué estupidez!, tener hijos, una televisión en la sala, “un auto a pagos fijos”, después, una miserable cantidad de efectivo en la pensión, así hasta que este aparato empiece a descomponerse, a fallar y finalmente nos encierren en un estuche de madera para enterrarnos sin hijos, sin televisiones o autos y sin mujer.

¡Ah!, las mujeres. Esas bellas criaturas que nos dió Eva, ni el hombre más perfecto se pudo resistir a sus encantos. Buenas mujeres pasaron por esa puerta pero ninguna se quedó en esta casa, ¿para qué?, me preguntaba yo, ¿para mirarnos con hartazgo todos los días?, ¿para sentarnos en el sillón y ver como empuñaba los ganchos de tejer, así como yo lo hago con el control remoto de la tv?

¡Vaya vida tío!, ¡vaya vida!

Pero hubo una, que intentó quedarse más de lo normal. Una mujer extraordinaria dirían por ahí. Se levantaba muy de mañana para servirme el desayuno, y tenía las facturas en orden. Fue quizás la única época en que esta casa olió tan bien. ¡Ella me quería tío!, ¡ella de verdad me quería!, pero nunca tuve el valor para sentir lo mismo. Seguía preguntándome: ¿para qué?

Supongo que mi indiferencia fue matándola, deberás que se empeñaba. Nunca me dio problemas, incluso, los vecinos llegaron a creer que era mi esposa. Pero yo lo negaba.

Mujeres así, solo llegan una vez en la vida, las demás vienen por el dinero, por el auto, por la casa, por el estatus, por los hijos, imagino que son razones válidas en esta sociedad. Ella venía por mi. Incluso antes de que me dedicara a ser “un escritor profesional”, estaba por mis letras, más que la fama y los billetes estaba yo.

Se necesita mucho valor para reconocer esto, para decidirse a amar. Antes que asumir la muerte, se necesita más valor para dar el corazón. El problema es no saber a quién dárselo y cuando dárselo, yo si sabía esto, pero nunca lo hice.

Después de ella, ya no fue igual. Volví a los tugurios para beber mucho vino, mi fortuna se fue consumiendo a la par que el alcohol al hígado. La declaraciones ya no se presentaban a Hacienda en tiempo y forma, las multas llegaban como propaganda al correo. Todo se fue cayendo, era evidente que hubo alguien que sentía la responsabilidad de que no pasaran estas cosas. Pero ahora, ya no estaba.

Las mujeres se cansan Tom, las buenas mujeres también sienten el rechazo. Por eso se van, y lo hacen sin demandarte por un solo centavo. ¿Sabes algo?, ellas pueden quitarte fácilmente el dinero y dejarte en la calle, nosotros estamos condenados a permitir que pase. Por eso hay tanto loco ebrio tirado en las banquetas. Somos desechables, pero ellas se dan el lujo de amarnos.

Así es viejo, todavía debe de haber buenas mujeres por ahí. Escondidas en su casa por temor a hombres como yo. Que en el último momento de nuestras vidas, el arrepentimiento y la soledad nos pasan la cuenta, y tenemos que pagarla muriendo lentamente hasta que la memoria pierda la noción del tiempo.

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Una idea de mi amigo Paco Vaquera

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