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Conduje el jeep por un camino estrecho hasta llegar a la antigua casa de su abuela, su madre me recibió amablemente y la llamó diciendo “está aquí”. Mi intención era despedirme, decirle adiós. Cuando lo descubrió, sus ojos empezaron a cristalizarse, ¿has visto un cielo verde que intenta llorar?, un minuto después ya había desistido de la idea.

Pequeñas gotas de agua tibia cayeron de arriba, venían los días de octubre, calor y humedad. Su madre nos sugirió que nos refugiaramos en la terraza. Intenté retomar mi argumento, pero tengo una gran debilidad por las mujeres de piel blanca, no había más que hacer. “Todos creen que soy una muñequita de porcelana, piensan que puedo romperme fácilmente”, me dijo, más lo que la gente no sabía, es que ella era el diablo. Y yo, una tarde de verano, le robé un inocente beso al diablo. Ahí empezó todo esto. Sentí tanta vergüenza que al hacerse evidente, le pareció gracioso. Era como si un ángel decidiera amar a un demonio, ¿en qué cabeza cabe?

Pero ocurre, algunas ocasiones, que los demonios tienen corazones puros. Logré descubrirlo esa vez en la terraza. Me confesó que en el fondo deseaba tener aquello que le negaron, una familia; hijos, un buen esposo y una pequeña casa en algún lugar tranquilo del mundo, y ¿por qué no?, hasta un simpático hámster para llamarlo Tom. Y así, corregir todo eso que no fue.

Describió cada detalle de la cotidianidad: atender al marido después de que llegara este del trabajo, enseñar de Dios por las tardes a los niños, tejer un poco, y darle de comer a la mascota. Un idilio sorprendente. Conmovido, la tomé de la mano y le pedí matrimonio. Nuevamente volvió a reírse de mi inocencia. Dijo que no. “Bueno, si no soy yo. Al menos debe de ser un buen hombre a quien escojas”, dije.

“Tú eres un buen hombre, ese es el problema”, respondió, “sabes bien que nos mataríamos en el primer mes”. Tal vez tenía razón, era demasiado bueno…

Llegué a despreciarme, no estaba obteniendo nada por ser bueno.

Las cosas no siguieron tan bien después de ese día. Y en el reino de los mortales ocurre que llega un momento en que los cobardes se vuelven valientes y los ángeles se rebelan para hacerse demonios.

Cuando vi los cuernos en la frente, un 31 de diciembre le dije otra vez que me iría. Volvió a reírse, “y, ¿cuando regresas?, porque necesitamos hablar”, afirmó. “No creo que lo haga”, dije con seriedad, “esta bien, cuando vuelvas hablamos”, y se fue confiada.

A veces me pregunto quién es más malo, si el diablo por hacer que un ángel se convierta en demonio o si el ángel por dejarse tentar por el diablo.

Quizás, algún día tendré que preguntarle, porque después de varios años no ha llegado el momento de cruzar palabras.

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