El último trago

La otra felicidad que me daban las señoras botellas, ¡oh sí!, los mejores momentos para el organismo. Los sentidos se vuelven lentos, la vista perdida, el rostro entumecido y por alguna extraña razón todo es gracioso.

Cuando vas al sanitario, no sabes el shot de adrenalina que se siente al levantarse. Las piernas andan con letargo, estúpidamente creen que van sobre una cuerda floja; el resto del cuerpo danza como pluma al viento. Orinar se siente tan bien, llega un punto en que no sabes cuánto has tardado, pero el agua no deja de cesar en la llave. Escuchas el parloteo del líquido en el inodoro, escuchas una suave sinfonía.

Bajas la palanca, entre manotazos alcanzas la perilla del lavabo. Con enjabonadura en las manos subes la mirada al espejo. Un sujeto con los ojos sueltos, sudor en la enfrente, tambaleándose. Lo ves y te mira, una sonrisa te regala. Secas las palmas con las sentaderas del pantalón. Y va otra vez, a caminar sobre un hilito que conecta el baño con la sala.

Es un prodigio llegar al lugar sin haber roto nada en el camino. Te sientas y la mano derecha busca violentamente la cuba. Los hielos diluidos adulteran el alcohol.

Es el último trago, la mayor parte del contenido del vaso ya no llega a la boca, grandes chorros se quedan atrapados en la camisa. Pero todo está bien. No hay pensamiento perturbante, ni sonidos escandalosos.

La mente hila un plan para llegar a casa. Instintivamente los dedos buscan un Uber, gracias a Dios que está domiciliada la tarjeta y guardada la ubicación de destino.

Llega el auto, te despides y solo un camarada musita algo inaudible, los demás están dormidos. Ves el desastre, latas y latas sobre la mesa, hielo descongelándose en la bolsa, botellas tiradas, pedazos de botanas en el piso. De alguna manera esquivas los cadáveres para no pisarlos.

Abres la puerta de los asientos traseros. Por algún motivo, no piensas que el tipo del Uber puede desviarse de la ruta y robar las pocas pertenencias que traes en los bolsillos, fácilmente podría aprovecharse de ti en ese estado. No piensas en eso, confías en él.

Con los ojos pesados, vez las lucecillas de la ciudad. Con el índice derecho, se oprime el botón para bajar el cristal y sentir el aire frío de la madrugada; sería un embarazoso error quedarse dormido en el auto. Después de 15 minutos, reconoces las calles, los árboles, el sujeto te dice “hemos llegado”.

De ahí no recuerdas nada más, solo como las llaves son agitadas por una mano temblorosa que erran en la cerradura. Acto seguido estás recostado sobre una cama de blandas nubes, duermes como un ángel.

Lo jodido será cuando abras los ojos, sientas una sed horrible y unas incontenibles ganas de vomitar.

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