El arte de ser triste

“Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta”.

Primo Levi – Si esto es un hombre.

I

Si hablamos de condiciones deplorables para el humano, Primo Levi tiene una gran cátedra para todos nosotros. En su reconocida obra, “Si esto es un hombre”, narra de experiencia propia, el grado de despojamiento de su humanidad el alma humana. Los hechos aberrantes que describe sobre la vida en los campos de concentración Nazi, hace que el lector sienta vergüenza de su propia condición actual.

El calvario comenzaba cuando eran arrancados de su hogar, familias enteras separadas, solo porque su existencia se consideraba inferior a la de sus verdugos.

Las condiciones en las que se trasladaban, era un pequeño preámbulo de lo que realmente sucedería en su destino. Algunos, ni siquiera bajaban con vida de los vagones del tren.

Como si de animales se trataran, escogían a las personas sanas para habitar los kommandos. Ancianos, enfermos y niños nuevamente eran subidos al vagón, con la falsa esperanza de ser reunidos con su familia en el futuro. La parada final de aquellos trenes, eran los afamados hornos.

Inevitable la muerte, para aquellos que ponía un pie en los campos. Cuestión de días o semanas para averiguar si el hambre, la enfermedad o el frío, cobraría su vida.

Los hombres fueron convertidos en sacos de hueso y músculo, el brillo de sus ojos desaparecía a la par de su esperanza. Resignados, recibían una extinción lenta e incierta.

¿Esto es ser un hombre?

Por eso, Primo Levi titula con ironía su libro, porque no hay nada de humano tanto en los arquitectos como en las miles de víctimas que cayeron en el holocausto.

Hoy en día, sucede una realidad menos abrupta pero con los mismo efectos en millones de personas alrededor del mundo. Producto de diversos factores externos y biológicos, habemos seres que vivimos toda la semana, el mes o el año como simples sacos andantes de hueso y piel.

El responsable de esta tragedia no es un semejante o tercero que odie nuestra existencia, si no aquella enfermedad tan mencionada en las recientes décadas: La depresión.

Es difícil comprender del todo esta patología, cuando se manifiesta de forma diferente en cada individuo. No se trata de un resfriado común, que con el simple hecho de a ir a la farmacia por antigripales obtenemos la curación.

La depresión, siempre ha convivido con el humano a través de la historia. Pero sutilmente se escondió detrás del término poético Nostalgia.

Es sabido que todos en algún punto de nuestra existencia sentiremos momentos de tristeza. Pero ocurre que la gran mayoría de nosotros, y quizás tú que lees estas líneas, nos enfrentamos a una clase de tristeza diferente que perdura por días y días. Desconcertados, vivimos sin entender realmente porque nos sentimos así.

En mi experiencia personal, fue en una época muy joven cuando comencé a tener los lapsos de la enfermedad. Técnicamente no había razón para desarrollarla. Vivía en una familia estable, un buen padre y una madre cariñosa, con las necesidades básicas cubiertas y buenas notas en la escuela. ¿Qué justificación podía dar?, aparentemente ninguna.

Identifico que esto cobró fuerza cuando cursaba el tercer grado de secundaria. Perdí el interés en los estudios y en las actividades que solía realizar. No era de muchos amigos y me costaba relacionarme con las personas. Sin embargo, creía que esto era parte de mi naturaleza.

En los recesos, quedaba recostado en el pupitre con la cabeza metida entre los brazos, y me inundaba unas enormes ganas de llorar. Lo hacía, quedito, para no alarmar a los compañeros y maestros. Realmente no sé como pude sobrevivir así todo el año escolar.

La preparatoria no fue un suplicio tan grande. Solo iba una vez a la semana, y el resto, intentaba hacer cosas productivas. Sucedió pues, que tomé el hábito de llorar por las noches, cuando toda la familia dormía, esto para no perturbarlos. Llegado a este punto, conseguí un calendario y me di a la tarea de marcar los días que me visitaba la nostalgia y obviamente, esta hacía exprimir lágrimas de mis ojos. Pasado un tiempo, descubrí que no hubo semana en el año que no realizara aquel ritual.

Evidentemente un comportamiento tan errático como el mío no fue pasado desapercibido por los adultos que me rodeaban. No obstante, este era minimizado por mis tutores.

Quizás alguien pudiera pensar que tal postura demostró negligencia. Así que, antes de emitir un juicio debo explicar el contexto donde me desarrollé.

Fui el mayor de mis tres hermanos. Por relatos de mi progenitora, cuenta que de pequeño solía ser muy curioso y parlanchín. Crecí en las orillas de una popular colonia, pero carente de vecinos e infantes como yo. Radicaba alejado de mi escuela, por lo que esto no favorecía las visitas de mis compañeros. Aún así, resulté ser un menor con mucha imaginación e ingenio para no aburrirme por las tardes después de lo seglar.

Mi padre, un hombre que fue atormentado en gran manera por las enfermedades, llevaba el pan a casa con gran esfuerzo. El trayecto y su actividad lo dejaban totalmente exhausto que dedicaba toda la tarde para intentar reponer fuerzas. Todos en casa, teníamos el estricto mandamiento de no hacer ruido en los alrededores a su aposento so pena de lidiar con un adulto frustrado de su bien merecido descanso.

Mi madre, una mujer con la encomienda de mantener el orden y los asuntos del hogar, trabajaba diligentemente todo el tiempo para atender a los hijos pequeños y a su delicado marido.

Si se da cuenta el lector, el cuadro que describo, es el mismo que tienen miles y miles de familias alrededor del globo. Aún, esta es una circunstancia muy ventajosa en comparación con aquellas que no tienen un hogar propio, un trabajo estable o por lo menos a los dos cónyuges para hacer el trabajo en conjunto.

A pesar de crecer en una época con acceso a la información y el poder de comunicarse de maneras más eficientes. Tuve la desdicha de vivir en un ambiente marcado por los tabúes, y la ignorancia que conllevan estos.

Por fortuna, mi padre resultó ser un hombre culto y razonable, pero con los tintes de esa educación ortodoxa.

De modo que la primera de línea de su veredicto hacia mi estado, fue la de un adolescente con exceso de pereza y falta de oficio.

La segunda, después de observar que las medidas que tomó no fueron suficientes para el mejoramiento de mi estado anímico, fue el llegar a una conclusión de que mi cerebro estaba pasando por una “poda química”, cito literalmente, y que al concluir esta, obtendría la metamorfosis de un ser triste y solitario a uno positivo y productivo.

¿Poda química?, defino lo anterior como el proceso biológico y psicológico que conlleva a un adolescente convertirse en adulto. Quizás esto era cierto, el problema, es que para la gran mayoría de los adolescentes actuales, es un verdadero conflicto cursar por este camino.

Hablamos de elementos generacionales muy distintos. Atenuantes y agravantes diametralmente opuestos a los que sufrieron nuestros padres. Y parto como referencia mi generación: los millenialls.

No quiero meterme en detalles sobre el tema, porque no soy profesional en ese campo. No obstante, declaro con total franqueza que es un error creer que los problemas que tuve en esa edad serán los mismos por los que pasarán mis hijos o aquellos menores que resulten estar en mi tutela.

A lo que recomiendo ampliamente, tener las vías abiertas de comunicación con ellos. Reconozco que es muy fácil ofenderse a ideas no tan familiares para nosotros, mucho menos costumbres o prácticas que a nuestra vista parezcan patéticas. Sin embargo, estamos hablando de la responsabilidad que conlleva formar a un adulto, y todo lo que se haga, se deje de hacer o no se haga, influirá directamente en su futuro.

Es verdad, que el mundo donde vivimos es un constante desgaste emocional y económico, por lo que es vital preparar a nuestros descendientes a afrontar tal escenario.

Y si tú, querido amigo o amiga, eres también ese adolescente que describo en los párrafos anteriores, debes comprender que no es normal sentirse así. A pesar de creer y pensar que nadie puede entenderte, la verdad es que la mayoría recordamos haber tenido ese sentimiento; aún tus padres, que los ves fuertes e indiferentes a tus problemas, en alguna ocasión tuvieron la misma idea con los abuelos. Es sencillo decirte, no te preocupes o no te estreses, pero yo sé que no siempre es fácil hacerlo. Los miedos y temores llegan todos los días; la tensión de no saber que hacer con la vida o las decisiones que se tienen que tomar puede ser un verdadero infierno. Personalmente te diría, llévala tranquila, con el paso del tiempo aprenderás a ver que las cosas no son tan malas como parecen. Y eso de vivir, nadie sabe como hacerlo siempre. Los adultos, somos niños con mil responsabilidades. Busca ayuda, habla, no te lo guardes.

Todo esto señalo después de identificar los errores que se cometieron en mi particularidad. Cabe destacar que no guardo rencor o caigo en la condescendencia por no haber tenido la ayuda necesaria en esta parte de la vida. La reflexión anterior ahora tiene el objetivo de minimizar los errores que pueda cometer ante una situación similar en el futuro.

¿Qué acaso no significa ser humano esto, un constante errar y enmendar la vida?

II

Tuvieron que pasar algunos años para empezar a recibir la ayuda apropiada. Hay cosas que no se pueden ocultar con el paso del tiempo. La tristeza cae en esta afirmación.

Recuerdo la mañana en que me levante desesperado, corrí hacia a mi madre y le grite, “ya no puedo más”. Tal vez mi semblante cambiado o el tono genuino de mi voz, hicieron que los focos de alarma se encendieran en mis padres.

Ese mismo día en la tarde llegamos con un psiquiatra. Este nos atendió prontamente. Me pasaron con él a solas y empezó la entrevista. Todo era raro para mí, con 20 años nunca había estado en un sitio igual. El consultorio, como cualquier consultorio médico, con la pequeña diferencia en la decoración; pinturas muy extrañas y pequeñas esculturas que a mí percepción parecían humanos deformes retorciéndose. No es como que me hubieran advertido que iba a pasar realmente en ese lugar. Las preguntas del doctor me incomodaban demasiado, preguntas estrictamente personales y directas. Vuelvo a repetir, solía ser un sujeto tímido y hermético. Muchas de esas preguntas las evadí o contesté con mentiras, obviamente el psiquiatra lo notaba. Cuando le comenté que llevaba años sintiéndome así, el hombre sorprendido preguntó: ¿Cómo es posible que lleves todo ese tiempo sin tratamiento?

Claro está, que yo tampoco sabía la respuesta. Dentro de mí, el alma sentía que caía a pedazos, una rabia e impotencia me embargaba. Él apuntaba cosas en su libreta, y seguía preguntando. Mis músculos estaban tensos y de repente giraba el cuello para ocultar las lágrimas que salían de las cuencas oculares.

Después pasaron mis padres, y yo tuve que abandonar la habitación. Al salir ellos, sus rostros reflejaban vergüenza e incredulidad, como si hubieran recibido un regaño de infante. Mi padre tomó la receta y pago los honorarios. En primera instancia, no dijeron nada, solo nos subimos al carro y regresamos a casa.

El diagnóstico fue simple, trastorno maníaco-depresivo, es decir, depresión en una fase grave o aguda.

¿Cómo se lidia con un dictamen de semejante magnitud?

Entonces es cierto lo que dicen de esa enfermedad, existe y uno de los miembros de mi familia la padece. Se necesitará tiempo y reflexión para asimilar la idea.

La depresión, lo define el diccionario, como una enfermedad o trastorno mental que se caracteriza por una profunda tristeza, decaimiento anímico, baja autoestima, pérdida de interés por todo y disminución de las funciones psíquicas.

Ahora dime, ¿Cómo podemos encajar el término en una sociedad poco informada y llena de prejuicios?

Hasta hace un par de décadas era una palabra totalmente desconocida. Donde problemas realmente serios como el desempleo, la pobreza, la inseguridad o la corrupción le restaban prioridad a una tristeza individual y aislada.

Lo cierto, es que estamos en medio de otra pandemia en el presente. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, hasta el 2015, 300 millones de personas padecen esta enfermedad, lógicamente con los sucesos actuales que hemos vivido, estoy seguro que la cifra anterior estará ligeramente disparada.

Desgraciadamente el desconocimiento de la enfermedad ha hecho que la mayoría tome posturas no adecuadas. Una de ellas en particular, la vergüenza de señalarla.

Estos últimos años he podido vivir en diferentes partes del país, o por lo menos estar un tiempo razonable en el lugar. Y me sigo topando con individuos que les da pena decir que padecen depresión, porque la familia o su círculo lo sigue viendo como una desgracia divina. He tenido conocidos que me han contado, la negación por parte de sus tutores a llevarlos con un psiquiatra para recibir la ayuda adecuada, porque estos teme el qué dirán de la gente.

Rememoro las ocasiones en las que mi padre recomendaba manejar esta situación solo entre nosotros, quizás, entendiendo la reacción impredecible del resto de la familia y las amistades.

Personalmente he recibido la sátira por parte de amigos muy allegados que ridiculizan mi problema. Incluso, personas con buenas intenciones creen profundamente que esto se quita adquiriendo una pareja o casándose. Suena incoherente, pero es cierto.

Solo el 10% recibe un tratamiento adecuado, el resto, queda a la merced del destino, suerte o divinidad, según lo que prefieras pensar.

Lamentablemente una de las consecuencias de no recibir la ayuda adecuada, es el suicido. La OMS revela que en promedio 800 mil personas se quitan la vida al año y miles lo intentaron. Tú que estás leyendo esto, ¿en qué estadística te encuentras?

Exhorto a la sensibilidad y a la comprensión de aquellos que tienen la fortuna de no padecer la depresión. Debe entenderse que cada caso es muy distinto entre sí. Y lo que funciona en uno no es certeza de que tendrá el mismo efecto en los demás. Es fácil caer en la desesperación o frustración cuando se convive con alguien que la tiene. Yo mismo he sido responsable de la exasperación de mi prójimo. Pero se debe recordar que esto es un camino que puede durar toda la vida y se tiene que aprender a vivir con ella. Afortunadamente, existen tratamientos y técnicas adecuadas para sobrellevar el desgaste constante de la enfermedad.

Es responsabilidad tanto del paciente como de su familia buscar el mejor camino que mitigue su padecimiento.

Y por favor, conoce un poco más el trastorno. Para que intentes comprender, porque solo puede usar la empatía aquel que la ha vivido, que esto va más allá de un sentimiento común y corriente en el mundo de los hombres.

III

Charles Bukowski escribió:

“La tristeza es causada por la inteligencia. Cuanto más entiendes ciertas cosas, más desearías no comprenderlas”.

Y el tipo en cierto grado tendrá razón, pero señalo también, que lo anterior puede tomarse como falacia por parte del alma profundamente triste.

Lo que plasmo a continuación no pretende fijar una postura filosófica, que en este punto considero existen demasiadas, si no más bien, parte de una profunda reflexión personal del sentimiento que fue producto del estado depresivo.

En pocas palabras resumo como tristeza el descubrimiento de la miseria propia (lo anterior, sin el afán de robar las palabras a de Milán Kundera del término litots, que básicamente es la misma definición solo que el argumento se centra en una persona ajena a nosotros).

Como seres pensantes, en algún punto nuestros ojos se fijan en que aquello de lo cual somos carentes, y por lo tanto empieza nuestra inconformidad. El conflicto de encontrarnos en un estado de pobreza ante aquel o aquello que creemos satisfará la necesidad.

Sin embargo, lo anterior cae en un espejismo, porque, ¿Qué es lo que realmente necesitamos?, ¿quién determina nuestras necesidades?, ¿nosotros mismos?, ¿no sería esto una paradoja?, ¿proponernos necesidades para provocarnos el descontento?

Abraham Maslow publicó en 1943 la pirámide o jerarquía de las necesidades humanas. Donde los primeros 4 niveles se agrupan como “necesidades de déficit”, y el quinto nivel como la “necesidad de ser”, dando a entender que solo se atiende las necesidades superiores cuando se han satisfecho las necesidades inferiores, ergo, todos aspiramos a satisfacer necesidades superiores.

De ahí, su tan celebre frase:

“Es cierto que el hombre vive solamente para el pan, cuando no hay pan”.

¿Estaremos condenados a subir una pirámide cuya escalera es infinita?

Y la persona triste, ¿vive solamente buscando la felicidad, cuando no es feliz?

Vuelvo a recalcar que este texto no pretende filosofar en el tema. Pero es necesario señalar que muchos creemos, o creíamos, que nuestra profunda tristeza se debía a la carencia y al descubrimiento de esta.

Fatal error. Porque la felicidad, o la ausencia de tristeza, no debe estar condicionada. De ahí la decepción de muchos por buscar la cura en seres, objetos o circunstancias.

Pero hablemos de la depresión, no es una cuestión filosófica, es una enfermedad, y como tal debe ser tratada. Esta nace por circunstancias específicas. No pretendo decir que es fácil identificar el detonante o los interruptores que la encendieron. Para ello es necesario emprender una ruta constante de la mano de profesionales en el tema.

Los psiquiatras y los psicólogos son como los zapatos, se busca a aquellos que nos hagan sentir cómodos y prácticos.

Puedo decir que tuve que experimentar con el paso del tiempo. No me quedé con el primer doctor, ni con la primera psicóloga. Actualmente aun no tengo la certeza de saber si con los que tengo hoy, satisfarán mis necesidades mañana.

Así que lo primero que se debe hacer para recibir ayuda, es buscar a tu equipo de trabajo. No tengas miedo de decir, no me siento cómodo con x doctor o x terapeuta. Claro que no significa mandar al cuerno a la primera porque no te pasó. Estas decisiones se toman después de haber trabajado en un tiempo razonable y el resultado no ha sido eficiente.

Recuerdo que mi primer doctor solo recetaba medicamento y medicamento, y mi primera psicóloga me trataba como un jovencito malcriado. Fue tortuoso trabajar con ellos, sin desmeritar el excelente trabajo que hacen con otros pacientes. Por fortuna, tuve la agradable experiencia de llegar con un buen psiquiatra, uno que me quedó a la medida. Además de usar la farmacología, aplicaba terapia. A las pocas sesiones noté el progreso.

Debo decir que no es sencillo caminar por la senda de la rehabilitación, es fácil desesperarse. Lamentablemente no existe una píldora mágica que a la primera toma haga el efecto deseado. Aún el medicamento debe acoplarse a tus necesidades, estos serán ensayados contigo por el médico, hasta encontrar el correcto y la cantidad adecuada.

Recientemente, ya en la vida adulta, pasé por lo anterior. Mi doctor empezó con una dosis baja del medicamento y posteriormente la fue aumentando. Los primeros días fueron duros, los efectos secundarios eran terribles. Sin embargo, después que estos pasaron, la mejoría fue inmediata. El repunte en mi estado de ánimo fue notable.

No caigas en la desesperación, insisto, al final de cuentas es peor no hacer nada que intentar buscar una mejoría. Cualquier progreso, por pequeño que sea es importante. La constancia y la paciencia son claves fundamentales en tu recuperación.

IV

Mi madre solía decirme, “tómate el medicamento con fe”, hasta hace poco entendí a lo que se estaba refiriendo.

No estamos hablando de cuestiones religiosas o algo semejante a eso, si no, a la actitud.

Aunque parezca difícil de creer, esto cuenta mucho. Es muy probable que cuando se inicia el tratamiento, lo último que deseamos tener es una buena actitud. No a todos se nos da eso de ser positivos y darle una buena cara a la circunstancia. Posiblemente, después de varios días del inicio nos sintamos peor. ¿Significa que ya perdimos?, no.

Recuerda que lo más difícil es empezar. Pero ya lo hiciste, estas buscando una solución. Citando a Frida Sánchez, ya no vas a formar parte de la otra estadística, aquellos que no reciben la ayuda adecuada. Vas por buen camino, solo se necesita aprender a desarrollar la paciencia. ¿Por qué no trabajas eso con tu terapeuta?

Estas enfermedades, como es el caso de la depresión, no es de uno solo, es participación de varios: tú, expertos, familia y amigos.

En ocasiones, me detengo a reflexionar en todas aquellas personas que fueron parte importante en mi recuperación. Tanto mis padres, como mis amigos, nunca me dejaron solo. Aunque en el momento, no pude verlo de esa manera.

No creo, ni pienso que estoy recibiendo un castigo, o pagando un error pasado. Esta enfermedad pudo haber caído en otro miembro de mi familia, o en algún vecino. Las posibilidades son altamente aleatorias. Claro que, como mencioné, en casos particulares son factores específicos los responsables de esta. Y se requerirá muchos años de esfuerzos y tropiezos para siquiera mitigar una pequeña porción de lo que realmente sentimos.

Yo sé que aun no estoy curado, quizás, esto lo lleve hasta la tumba. Hay días en los que sigo sintiendo una profunda tristeza y es inevitable las ganas de derramar lágrimas. No me da pena confesarlo. No obstante, lejos de ver la enfermedad como una maldición, me ha servido para desarrollar la empatía. Decirle a muchas personas, “lo sé, entiendo”.

Entiendo lo que es vivir sin saber porque hay que hacerlo. Entiendo que es no tener esperanza, creer que nada va a mejorar, que este mundo seria mejor sin personas como nosotros, yo sé que se siente estar derrumbado, roto. Odiando a la gente que parece ser feliz, porque no lo soy. Mandando todo al carajo porque las cosas no tienen sentido. Odiándome porque no puedo pensar cosas positivas, creyendo que yo tengo la culpa de mi situación, etc. Las ideas sobran cuando nuestra mente está nublada por la tristeza.

Pero como en alguna ocasión le escribí a una persona especial que lidia esta batalla:

“El mundo también necesita a las personas rotas”

¡Animo!

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