Vejez

– Es muy probable que un día ya no amanezca siendo yo, quedaré atrapado dentro de una caja pequeña como lo es mi cabeza. Entonces sentiré el terror de Gregorio Samsa y a partir de ese momento ya no habrá vuelta de hoja – enciende otro cigarrillo – Yo sé que un día el médico me dirá que tendré demencia senil – le da una calada y lo aparta de su boca – está en los genes hermano, lo está. Mi abuelo tiene lapsos blancos en su memoria, y mi madre arma frases incoherentes cuando está en medio de una discusión, ¿lo ves?, es inevitable. Mi locura es inevitable. Espero que pueda darme cuenta a tiempo – vuelve a ejercer la aspiración hacia al tabaco – espero darme cuenta para poder conseguir un arma y meterme una bala en el cráneo – apunta con la mano izquierda su sien – así hermano, así voy a meterme esa bala. No tendré piedad, no tendré miedo. Porque temo más ser un vegetal sentado y olvidado en un rincón. No pienso joderle la existencia a mis hijos. Ellos no tienen la culpa de tener un padre inútil, un viejo sin actividad mental. Ser un saco babeante de hueso y arrugas no es una vida digna de ser vivida – vuelve a jalar del cigarro, y el humo sale mientras continua hablando – yo ya viví lo suficiente. Hice lo que pude y lo que se pudo. Estoy satisfecho, bien o mal caminé por esa senda llamada vida. Fue tediosa, reconozco, pero lo hice, a mi manera lo hice. Disfruté cuando tuve que hacerlo, cada día, cada hora, la maté como lo hubiera hecho cualquier hombre – ahora busca su vaso con la mano derecha – Maldición, se acabó esto – baila el vaso con los dedos – Amigo otro trago – ordena al mesero – bendito alcohol, que me salvo de una existencia miserable. No sé qué hubiera sido de mi sin todo el poder etílico que tiene esto – levanta su vaso vacío – yo pienso que hubiera terminado colgando de un puente o algo así. La vida no es tolerable estando sobrio. Imagina hermano que haría el hombre si no existiera la bebida – el mesero llega con otra copa llena – Gracias hermano – y entrega el vaso sin líquido – yo siento que ya hubiéramos creado algo similar al alcohol para no volvernos locos. No hay otra forma de afrontar la vida – el cigarrillo despega su ceniza – al menos que yo sepa, no. Todos estos años aferrado a un vaso como si fuera la imagen de Cristo, me sirvieron para sobrellevar las penas. Porque la esperanza es un sentimiento muy bonito, pero francamente en el momento no siempre es práctico. Lo razonable es aceptar y dejar que las cosas sigan. Así decía mi otro abuelo – da un sorbo a su vaso – decía qué hay que vivir la vida como venga. Y ese viejo siempre se la pasaba riendo. Nunca lo ví cabizbajo o sumido en la tristeza. Siempre con algo que hacer. Así la pasaba y así se fue – el cigarro vuelve a estar en sus labios – ese hombre vivió como se tenía que vivir. Y los últimos 40 años jamás volvió a probar alcohol. Qué voluntad tan grande. Lastima que eso no pudo ser heredado – extinto el cigarro, la colilla queda en el cenicero – Saber hermano, a mí me faltó voluntad. Yo nunca quise batallar, siempre me gustó ser práctico. Si algo no me funcionaba, ya no le seguía, ahí le dejaba y me iba con otra cosa. Ese siempre fue mi lema, no batallar. O se pudo o no, así de simple. Creo que la vida es demasiado corta como para buscar lo imposible – otro enorme trago – ese fue mi defecto. Claro, cuando intentaba algo lo hacía con todas mis fuerzas y esperaba lo mejor. Tal vez, por eso caía en decepción. Porque ponía todo el corazón y las cosas no resultaban. Qué pena – un trago final para vaciar el vaso nuevamente – ahora llegó el tiempo de sentarse en el sillón y quedarse a ver como pasa la gente en la calle. Tengo pocos pasatiempos. Pocos pero valiosos. Pero llegas a una edad donde te gusta observar la calle. Ver como pasan las personas, los autos o los perros. Te entretienes pensando o averiguando a donde se dirigen. A lo mejor alguien me veía pasar cuando yo era joven. Y escribía mi destino en su mente. Eso nunca lo sabré, así como la gente que miro ni se imagina la escena.-

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